Swedberg firma un doblete, Militao cae lesionado y los blancos acaban con nueve en un Bernabéu que despide a su equipo en plena crisis de juego, carácter e identidad.
El Real Madrid firmó ante el Celta una de esas noches que se quedan marcadas como síntoma de algo más profundo que una simple derrota. Perdió 0–2, sí, pero sobre todo se descompuso: vulgar en el juego, blando en la presión, desordenado en defensa y desquiciado en el tramo final, con las expulsiones de Fran García, Carreras y Endrick. A tres días de recibir al Manchester City y ya a cuatro puntos del Barça, el equipo de Xabi Alonso se asoma a una crisis que ya no se puede maquillar con discursos.
El plan de Xabi Alonso nació condicionado y terminó desbordado. Entre lesiones y rotaciones, el técnico volvió a retocar la línea más delicada: la defensa. Asencio apareció como lateral derecho, Carreras fue central zurdo y Fran García ocupó la izquierda. Militao, recién recuperado, volvía al once para sostener una zaga en cuadro. Pero el partido confirmó que el Madrid vive ahora mismo sobre un alambre.
El Celta entró al césped como un equipo serio, bien plantado y nada acomplejado. Con Borja Iglesias como apoyo constante de espaldas y Bryan Zaragoza como foco de desequilibrio, los gallegos se adueñaron del ritmo del encuentro. Jugaban con más criterio, se asociaban con calma y encontraban con facilidad las espaldas de un Madrid mal ajustado en la presión. Los primeros pitidos del Bernabéu llegaron pronto, reflejo de una grada que detecta enseguida cuando su equipo está medio paso por detrás.
El Madrid, mientras tanto, vivía a chispazos. Bellingham tuvo la primera gran ocasión con un cabezazo que Radu desvió con una mano magnífica. Más tarde, Arda Güler remató forzado dentro del área y su tiro se marchó rozando el poste. Vinícius también obligó a aparecer al portero celtiña con un disparo cruzado. Pero no había continuidad, ni sensación de dominio, ni esa intensidad coral que definió al equipo en sus mejores noches. Todo parecía apoyado en destellos individuales, sin un plan claro con balón.
La noche se torció del todo con la lesión de Militao. En una carrera desesperada para evitar el mano a mano de Pablo Durán, el brasileño se rompió en plena carrera y cayó al suelo con claros gestos de dolor. Se fue sin poder apoyar la pierna izquierda, dejando al Madrid con otra baja gravísima atrás y a Rüdiger obligado a reaparecer casi sin rodaje.
El descanso no cambió el guion… lo empeoró. Swedberg entró por Pablo Durán y el sueco convirtió el partido en su escaparate. En el 53’, culminó una gran acción de Bryan Zaragoza con un remate sutil, de clase, que silenció al Bernabéu y encendió todas las dudas blancas. El 0–1 no despertó al Madrid, lo agitó mal. En lugar de una reacción ordenada, llegó el nerviosismo.
Fran García simbolizó ese colapso. Vio la primera amarilla por cortar una pared, y apenas un minuto después fue al choque a destiempo, cazando tobillo en una zona lejana al peligro. Segunda amarilla, roja y el Madrid con diez. El Bernabéu pasó del murmullo al enfado y el equipo de Xabi, lejos de serenarse, se fue descomponiendo por dentro.
Aun así, hubo una pequeña ventana. Mbappé tuvo el empate en una vaselina que se marchó alta tras controlar de forma espectacular un envío largo de Rüdiger. Gonzalo también acarició el 1–1 con un testarazo. Pero el Celta nunca perdió la calma. Giráldez refrescó piernas en el centro del campo y en las bandas, y su equipo siguió saliendo con claridad, sin necesidad de heroísmos.
El tramo final fue la escenificación del caos. Carreras vio la segunda amarilla por protestar, Endrick fue expulsado desde el banquillo y Swedberg firmó el 0–2 en el descuento, entrando casi andando con el balón tras sortear a Courtois. El Bernabéu miraba a un equipo reducido a centros laterales y nervios, con Vinícius intentando calmar a Bellingham y Xabi Alonso superado en la banda.
De los cinco puntos de ventaja tras el clásico a los cuatro de desventaja respecto al Barça en apenas cuarenta días. De la ilusión por un proyecto reconocible a un Madrid que se siente caído, cansado y sin identidad. El miércoles llega Guardiola. Y la sensación es que el golpe ante el Celta no es un tropiezo aislado, sino un aviso muy serio de que el equipo se ha perdido por el camino.